Enrique Delgado Zayas: «La pandemia ha hecho patentes muchas situaciones de impotencia ante la muerte»

Enrique Delgado Zayas_Cedida

El pasado mes de enero, el psicólogo y escritor Enrique Delgado Zayas presentó en la librería carballesa Brañas dos de sus obras más conocidas: Con los pies en el cielo y Me recordarás. En nhdiario hemos podido hablar con él de sus libros, de la importancia del equilibrio mental en la educación y de nuestra forma de vivir en plena pandemia.

– ¿Qué ideas generales puede uno sacar de sus obras?

Sería difícil elegir una o varias ideas que resuman los mensajes o los propósitos de estos libros, aunque he colocado una frase introductoria y concluyente, al inicio de cada capítulo, que podría aproximarse a sus esencias. Con los pies en el cielo busca esclarecer el camino por el que la información subjetiva se traduce en información biológica y cómo metabolizamos las experiencias en nuestro cuerpo, sobre todo las emocionales. Por otro lado, Me recordarás sigue el rastro de la memoria, esclareciendo la vigencia, la función y el verdadero impacto que tiene en nuestra vida aquello que hemos enviado al olvido.

– Usted señala que en las lecturas se tratan dos temas vitales: la fragilidad de la infancia y la importancia del equilibrio mental de los cuidadores. ¿Por qué eligió la novela como la forma de narrar esta problemática?

Los fundamentos biológicos y psíquicos de la relación entre los niños y sus cuidadores suelen exponerse en una literatura especializada, en términos técnicos que podrían resultar inaccesibles para los menos entendidos en el tema. La narrativa me ha ayudado a hacerlos más asequibles. Estas novelas proponen guiar al lector hacia la comprensión del mundo interior del niño que sufre abandono, maltrato, acoso o violencia desde la perspectiva del amor, su ausencia, y sus consecuencias. Una vez que el
autor consigue que esta información compleja descienda hasta la conducta de sus personajes, lo abstracto se vuelve intuitivo; así, el lector puede ver lo que, de otro modo, tendría que comprender de antemano.

– Los padres, o incluso las personas en general, ¿deberían de fortalecer el contacto y la fluidez de sus emociones con sus hijos o allegados?

Sí, ya que las emociones y la razón se procesan fundamentalmente en zonas distintas, y evolutivamente distantes, de nuestro cerebro pero muchas veces funcionan en paralelo. Tenemos una mente que piensa y una mente que siente. La integración y el equilibrio entre ellas y sus formas de expresión dependen de tantos y tan distintos factores que sería imposible siquiera sopesarlos aquí. Sin embargo, la consciencia, ese pequeño espacio de silencio que se halla entre un pensamiento y el siguiente, es el mejor camino para interpelar a nuestras emociones y redirigirlas en aras de la razón más allá de la huella, incluso biológica, que ciertas experiencias son capaces de imprimir para siempre en la vida de un ser humano.

– En sus obras también habla del equilibrio mental de los progenitores o cuidadores para poder establecer una conexión sana con los más pequeños. ¿Cree que los padres españoles le dan la suficiente importancia al hecho de que para cuidar y educar a alguien, uno debe de estar mentalmente «sano»?

Salvando más o menos ciertas diferencias culturales, creo que los padres españoles le dan la misma importancia que otros
padres en el resto del mundo. El problema es que dar importancia a algo es un hecho racional, pero la mayoría de los procesos que afectan a la salud mental y a la conducta no lo son. La ayuda profesional, en muchos casos, podría ser de una importancia vital al poder lograr que lo no manifiesto se muestre.

A partir del contacto físico de la madre en el cerebro del niño se producen sustancias que no sólo originan efectos inmunológicos y hasta de expresión genética, sino que le generan una profunda sensación de bienestar y de placer. Cuando este contacto está ausente o es dañino tiene consecuencias físicas y psíquicas que pueden ser fatales para el niño. Las experiencias tempranas que los niños tendrán con sus cuidadores determinarán rasgos emocionales que se archivarán en su inconsciente y resurgirán en sus relaciones con otras personas a lo largo de su vida. Si un niño experimenta falta de afecto, o no puede prever el comportamiento de sus padres, este sufrirá daños psicológicos que pueden dejarle secuelas de por vida. Esto puede conducir a una sobre activación de sus centros nerviosos de las emociones y de otras estructuras que se encargan de discernir entre los estímulos peligrosos de los que no lo son. Por ejemplo, asociará el acercamiento y la intimidad con otras personas al miedo y a la aversión.

Debido al escaso desarrollo del cerebro, del pensamiento y el lenguaje durante las primeras etapas del desarrollo del niño, esta clase de experiencias no son debidamente procesadas de modo que seguirán influyendo e interfiriendo en su vida adulta. Y cuánto menos consciente sea sobre lo sucedido y del impacto que haya tenido para él, más grande será la repercusión que tendrá en su vida adulta, en sus relaciones con los demás y con sus propios hijos. Por ello, a través de estas novelas, hago un llamamiento a las madres y a los padres a identificar y resolver sus propios traumas infantiles en aras del bienestar y la educación de sus propios hijos.

– Desde el inicio de la pandemia, todos hemos notado la falta de contacto con familiares o amigos que, junto a otras situaciones complicadas como la falta de trabajo, ha generado en muchas personas episodios de estrés o ansiedad. Sin embargo, algunas se muestran susceptibles a acudir a un profesional. ¿Por qué nos cuesta tanto pedir ayuda?

La pandemia ha hecho patentes muchas situaciones de impotencia y falta de control ante la enfermedad y la muerte, activando recuerdos de vivencias similares en muchos individuos que han visto cómo sus respuestas naturales de defensa y huida resurgen desde lo más profundo. De hecho, en el ejercicio de la profesión, he visto un aumento de recaídas en trastornos de ansiedad y depresión, sobre todo relacionados con síntomas de miedo e hipocondría, cuyo principal desencadenante parece ser la situación de la pandemia. En la medida en que esto afecta al impulso de conservación individual también afecta a la empatía y las relaciones sociales.

Por otro lado, durante muchos años los asuntos del cuerpo han sido tratados por la ciencia, y los asuntos de la psiquis y el espíritu han sido gestionados por la religión y los sacerdotes. Aunque esta separación se ha ido disipando en la medida en que la ciencia ha reconocido el carácter objetivo de la información subjetiva, el cambio es relativamente reciente y los efectos de una pastilla siguen siendo más inmediatos que la interpelación verbal de un psicoterapeuta.

– ¿Cuál cree que será el camino a seguir durante este año y los siguientes en lo relativo a la gestión de las emociones en esta pandemia? Como profesional, ¿qué consejos le daría a alguien para que mejorara su situación mental si está empezando a agobiarse con esta situación o su futuro?

Creo que el secreto en la gestión de las emociones ha sido siempre el mismo: reconocerlas, aceptarlas y desenmascararlas en sus propósitos no manifiestos cuando sintamos que rompen nuestro equilibrio y producen ruido y perturbación. Lo óptimo es sortear el obstáculo, rebasarlo o vencerlo, y seguir adelante aunque éste estuviera allí por acciones ajenas.