Circo político y medios de comunicación

El pasado lunes 4 de noviembre tenía lugar el único debate electoral aceptado por el presidente del gobierno en funciones Pedro Sánchez antes de las elecciones, el cual fue gestionado por la Academia de televisión. Los 5 candidatos de los principales partidos: Albert Rivera (Ciudadanos), Pablo Casado (PP), Pablo Iglesias (Unidas Podemos), Santiago  Abascal (VOX) y Pedro Sánchez (PSOE) se batían el cobre ante la atenta mirada del electorado español.  Además, el jueves  7 de noviembre, en el canal privado La Sexta, se celebraba otro debate, ésta vez en clave femenina, donde Inés Arrimadas (Ciudadanos), Ana Pastor (PP), Irene Montero (Unidas Podemos), Rocío Monasterio (VOX) y Mª Jesús Montero (PSOE) hacían lo mismo.  Dos debates, sorprendentemente separados por el  género.

Pocos cara a cara de primeros espadas, y éstos, de cinco pero muchas tertulias y apariciones en programas de políticos con entrevistas, análisis, preguntas y comentarios donde los medios de comunicación ejercen su función y su  modelo de negocio.

Sobre ambos debates, y ante la pregunta ¿quién ganó el debate? La respuesta varía en función del medio en el que elijas informarte. A una opinión de vencedora  o vencedor claro, justificada y basada en opiniones y comentarios de internautas le sucede la contraria, diametralmente opuesta, también  versada y sustentada en apoyos parecidos, pero con otro vencedor. Por supuesto, también claro.

Y es que las críticas a la parcialidad, que no a la objetividad, por parte de la opinión pública son cada vez más numerosas. Entendemos que un medio privado es libre para apoyar una determinada opción política, ideología concreta, religión, etc. También asumimos que los derechos fundamentales de libertad de prensa e información sustentan el poder  tomar partido por una opción. Ora bien, la dudas de la intencionalidad y los porque asoman como una espada de Damocles sobre los Consejos de administración de estas cadenas y ponen en duda, a lo menos, la ética de estos planteamientos cuando además, son tan claros y manifiestos. Por si fuera poco, las llamadas de los propios partidos a la realización de un alud de opiniones favorables hacia su candidato por afiliados y simpatizantes, encuentran la luz con mayor o menor éxito en función de la línea editorial que tengan, y con independencia de si ha lo ha hecho bien o no tan bien. Distorsionando la veracidad de lo sucedido.

Encontramos cadenas de televisión importantes que apoyan a partidos de izquierda y de derecha, de centro y nacionalistas. De igual manera sucede en las cadenas de radio con mayor número de oyentes. Así como la prensa y canales en internet. Incluso los medios de comunicación públicos, tanto estatales como autonómicos, que al estar financiados con el dinero del contribuyente y sus impuestos, deberían ser imparciales y no funcionar como el altavoz propagandístico de una determinada opción política o ideología, pecan de lo mismo.

Con este batiburrillo de líneas editoriales y posicionamientos ideológicos claros traducidos en apuestas por partidos concretos el caos y la confusión, están servidos. Si a esto le añadimos la moda de las noticias falsas (fake news), las cuales  juegan un papel importante en la desinformación y en la consecución de objetivos de acoso y derribo para con el “enemigo,” encontramos que tanto la división como la percepción de separación aumenta de forma exponencial. Mentiras, medias verdades, verdades a medias, verdades cocinadas al gusto, verdades sazonadas con dudosos intereses , titulares grandilocuentes partidistas, sucesos más ó menos exagerados,  constituyen el caldo de cultivo actual con el que el ciudadano, hoy en día tiene que lidiar . Debiendo ser muy cuidadoso a la hora de formarse opinión para no caer  en la trampa.

Pero también debemos, como espectadores, entonar el mea culpa y asumir parte de nuestra responsabilidad. Dejar de ver la información política sin espíritu crítico, abandonar comportamientos  que deriven en blanco o negro, más propios de hooligans ante un derby que de gente que trata de formarse una opinión, no buscar la reafirmación cuasi constante de nuestros planteamientos como verdades absolutas, no aceptar y aplaudir como válidos los ”…y tú más” y exigir, sin fisuras, una imparcialidad que debe ser axioma en el ejercicio del periodismo, rechazando la información  que no se trata bajo el paraguas de la objetividad y su prisma.    

Ni que decir tiene que la mayor componenda de culpa viene de la mano de quien, a todas luces maneja la información a su antojo y juega con ella pero, por la parte que nos toca, debemos primero conocerlo, segundo denunciarlo y por último reflexionar en cómo  debemos asimilar y manejar dicha información. 

En definitiva y siendo conscientes de la confusión que todo esto crea, ser responsable y no creer a pies juntillas nada de lo que te den masticado. Sin duda, dudar,  buscar, y darte permiso para  equivocarte, quizás así aciertes, pero siempre tú, en un ejercicio de tú libertad y sin línea editorial.

ALEJANDRO LUIS OTERO JAMARDO