Quema del monte. Un problema multidisciplinar

Rozando el ecuador del mes de agosto, continuamos cruzando los dedos en Galicia. En este año 2019, el número de incendios, comparado con el de otros años está siendo anormalmente reducido. A pesar de ello tenemos que lamentar las 1.100 hectáreas que ardieron a finales de marzo en Rianxo y Dodro (A Coruña), a consecuencia de una chispa de una torre de electricidad. Las 149 hectáreas en Quiroga (Lugo) entre la víspera y el día del Apóstol, 24 y 25 de julio. Y las aproximadamente 21 hectáreas de Cualedro (Ourense), el domingo 4 de agosto.

Sin embargo, esta situación constituye una extraña anomalía en los últimos años, donde los incendios forestales se han conformado como una plaga de trágicas consecuencias.

Siempre que abordamos este tema, nos encontramos con un problema que precisa de una pluralidad de conceptos, el cual abarca varias disciplinas, muchos interrogantes y serias dificultades.

Para tratar de entenderlo  debemos comenzar con un pequeño repaso  histórico .Hasta los años 40-50 del siglo XX Galicia era prácticamente un “monte pelado”. Tanto  España, con Franco, como Portugal con Salazar, afrontan una plantación masiva de millones de pinos. Ambas dictaduras  buscan modelos de forestación próximos a países centroeuropeos. El contexto social en Galicia era de miseria generalizada. La antigua ganadería y el cultivo de trigo y centeno desaparecen, produciéndose una emigración campo-ciudad. Aparecen nuevas fábricas de celulosa, absorbiendo gran parte de éste éxodo, al tiempo que se empiezan a plantar eucaliptos, otra especie, al igual que el pino, altamente combustible, y que contribuye a expandir el fuego una vez iniciado.

Los labradores que quedan en el campo, ahogados por la miseria, necesitan algo a lo que aferrarse y se apuesta por la producción de leche a gran escala. Esto trae consecuencias desastrosas, al ingresar en la Unión Europea en 1986 y no poder competir con explotaciones ganaderas de países como Holanda. El proceso concluye con el desmantelamiento de las explotaciones y la reforestación de las tierras agrarias.

Ante esta coyuntura y estructura del terreno, modificada de forma radical en pocos años, y la óptima situación, para que el fuego campe a sus anchas, cabe preguntarse, ¿quién prende la mecha? ¿Quién o quienes se benefician, ganan o pueden lucrarse de este caldo de cultivo incendiario?

Siempre han existido “locos” y pirómanos, pero estos no pueden constituir más que un porcentaje mínimo en la responsabilidad de los incendios. Quienes, además, seguramente, hayan podido servir como “cabeza de turco” en más de una ocasión.

Entonces, que interrogantes se nos presentan, que dudas nos asaltan ante la gran cantidad de incendios, que superan, en mucho, lo fortuito o natural.

Problemas como el  de lindes de monte, conflictos entre la Administración y el lobo, los cuales puede llevar a la rabia y el querer acabar de este modo con estos animales, la falta de limpiar de maleza en el monte, nos dan las primeras claves.  

Por otra parte,  podemos destacar la degradación de las estructuras sociales y del sistema cultural en el rural gallego, debido al empobrecimiento, envejecimiento, emigración, persistencia de prácticas caciquiles, subvenciones sospechosas, etc, con lo cual, la rabia e inquina entre vecinos, núcleos de población, parroquias,  pueden llevar al uso del fuego como solución.

Además, también conviene preguntarse hasta donde llegan los espurios intereses políticos, en qué grado afecta la plantación de eucalipto a gran escala para conseguir pasta de papel de mayor calidad y menos costosa, favoreciendo a las Celulosas, qué papel juega el llamado lobby forestal supuestamente formado por  ingenieros de montes. Señalar también, viveros de plantación de pinos y eucaliptos, el beneficio para quién se encarga de plantar,  quién los corta, quién los mantiene, además de vigilar, cobrar por extinguir el fuego y también por último, reforestar. Un proceso completo.

En definitiva, muchos actores, problemas diversos, y poca conciencia del legado que dejar a los que vengan tras nosotros. Sobre la mesa, la necesaria e imprescindible coordinación entre política forestal, agraria y ganadera. Promover el cultivo de especies arbóreas autóctonas y caducifolias, que favorezcan tener el monte limpio. Así como el endurecimiento de las penas para los responsables del fuego, junto con un verdadero compromiso político para encontrar  solución al problema y que se traduzca en eficacia.

ALEJANDRO LUIS OTERO JAMARDO