España no va bien


La pandemia ha desnudado los problemas estructurales de España. Falla el llamado Estado de las Autonomías y fallan sus actores. Carecemos de una cultura de lo común, lo que nos afecta a todos, como la calidad del aire que respiramos o la corrupción. No sabemos construir sobre lo construido. Prima la tabla rasa sobre el consenso. Es poco frecuente alabar actuaciones del partido contrario. Se impone el grito sobre la escucha. El insulto es el lenguaje favorito de los necios, sean políticos, tuiteros o periodistas. La pandemia representaba una oportunidad para tejer confianzas y establecer algún tipo de mecanismo de cooperación que será esencial para superar la depresión económica. Hay más unidad en la gente que en los dirigentes y periodistas que viven de encabronar a la gente.

La mayoría de las autonomías han barrido para casa. También les ha faltado sentido de Estado más allá de sus fronteras y de los intereses de sus líderes. Podríamos salvar a Euskadi y al PNV, experto en el juego entre líneas. Pedro Sánchez no ha sabido aprovechar un escenario político favorable en la Comunidad Valenciana, ni explotar las diferencias de tono y a veces de fondo del PP de Galicia y de Andalucía con la estrategia frentista de Pablo Casado.

Para el PSOE, PP y Ciudadanos, los problemas territoriales se deben al aventurismo del Procés. La pandemia nos ha mostrado algo que estaba a la vista de todos: el problema no es Cataluña, ni el sector que sigue a Puigdemont como un profeta y que soñó con una independencia por confinamiento. El problema es España. Cataluña solo es un síntoma grave.