Recesión, paro, incremento del gasto público, menos recaudación por la vía de los impuestos y posible deflación configuran un cóctel explosivo. En medio de todo eso, la liquidez procedente de las instituciones europeas se perfila como el paraguas salvador para evitar que la crisis eche raíces más profundas.
La economía española, y genéricamente la de la Unión Europea, vivían ya en un contexto de desaceleración, marcado por varios factores como el Brexit y los efectos derivados de la guerra aranceleria entre las superpotencias mundiales. La aparición del coronavirus aumentó exponencialmente los problemas y esta semana se certificó con varios indicadores.
Esta crisis también implica un viaje en el tiempo hacia el pasado, ya que el sector primario, de peso en Galicia, vuelve a cobrar fuerza y se configura cómo uno de los triunfadores del momento en contraste con el sector turístico y hostelero, el más castigado. En medio de las especulación sobre el impacto en el PIB de España para este año, todo indica que la recuperación plena queda retrasada hasta el 2022.