Días de la semana | De dónde vienen


En estos duros tiempos que estamos viviendo, donde contamos el paso de los días con la impaciencia de un niño de Primaria, esperando que pasen pronto para volver a una “normalidad”, lo menos anormal posible, podríamos pensar: ¿de dónde vienen estos nombres tan peculiares?, ¿cuál es el origen de estas palabras?

Pues bien, los nombres de los días de la semana en lengua española, vienen del latín. Al igual que en gallego, aunque con algunas variantes propias de la etimología de nuestra comunidad autónoma. Concretamente de los astros del sistema solar, que formaban parte del Panteón de los dioses romanos. Con la salvedad del fin de semana, donde tanto sábado como domingo, son objeto de intervención directa por parte de la religión cristiana.

El primer día de la semana, nuestro lunes, procede del dies lunae latino. Éste debería ser lune, sin “s”, pero la gente le daba la misma terminación que a otros días, diciendo lunis, como dies martis, jovis o veneris. Perdiéndose el dies y transformándose en el actual lunes.

Señalar que, otras lenguas también de origen latino como el francés, si se conserva el dies, evolucionando a la palabra lundi, donde di significa día.

En cuanto al martes, el origen está en el dies martis, día de Marte. Consagrado al Dios de la guerra. También se perdió la palabra dies. En francés tenemos mardi, conservando el di de día nuevamente, al igual que en el resto de los días de la semana: mercredi, jeudi, vendredi, samedi con la excepción del domingo: dimanche.

Le llega el turno al miércoles, día de Mercurio. Dios del comercio, de la elocuencia, de los ladrones, así como protector de viajeros, entre otros menesteres. Además de ejercer también como emisario de los dioses y acompañante de los muertos al más allá.

Debía de ser miércole, sin la “s” final, puesto que en la lengua culta se decía Mercuri dies, pero le pasó algo parecido a lo del lunes. La gente decía martes, jovis, y aquí también se acabó añadiéndole una “s” al final.

Llegamos a la mitad de la semana con el jueves. Viene de dies iovis, también se dice jovis, el día de Jupiter. Era el principal dios de la mitología romana: padre de dioses y de hombres. Acabó consolidándose como el actual jueves.

Hoy en día goza de gran fama el viernes, día que antecede al fin de semana y en el que ya se intuye el descanso y el ocio. Procede de dies veneris. Diosa del amor y con una evolución curiosa en su palabra. Veneris era esdrújula y su segunda “e” era muy débil. La gente se la “comía”, apenas la pronunciaban quedando en una especie de venris. Pero en castellano antiguo costaba pronuciar una “e” y un “r” seguidas, así que voltearon las dos consonantes para dejar vernes. Además, diptongaba en la primera e, pues recibía el acento en la pronunciación así que derivó en “ie”, hasta quedar el viernes actual.

Era el día del amor, hasta que el cristianismo tomó las riendas e impuso el ayuno, pues ese día, había tenido lugar la muerte de Cristo.

Sin embargo, el verdadero cambio radical se produjo en los dos últimos días, lo que actualmente consideramos fin de semana. En el calendario romano el sábado era el día de Saturno y el domingo, el día del Sol. Podemos ver todavía esta tradición conservada en el idioma inglés con Saturday y Sunday. Se corresponde con traducciones literales.

En castellano se nombró el sábado por el Sabbat judío, palabra que significa descanso, pero seamos cautelosos. Dicha palabra no viene directamente del hebreo ya que los griegos la convirtieron en sábbaton y, posteriormente los romanos la copiaron para finalizar en sábado.

Finalmente atendemos al domingo, palabra cuyo origen está en el Dominicus die, día del señor. La tradición cristiana llega a su máximo esplendor celebrando el día de la resurrección de Cristo y sustituyéndolo por el sol. Al mismo tiempo, también se establece como día de descanso y celebración religiosa. Teniendo una importancia superlativa dentro de la tradición cristiana de nuestra sociedad.

Tenemos por tanto un esbozo del porqué de los nombres de unas palabras que utilizamos a diario, con profusión y constancia, y que tal vez, nunca habíamos caído en la cuenta de los porqués de las mismas.

ALEJANDRO LUIS OTERO JAMARDO